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miércoles, 19 de noviembre de 2008

¿Memoria histórica o simplemente conocimiento de la historia?

UN RESPETO - JAVIER CERCAS 16/11/2008 (El País Semanal)
Hace quince días empezaba esta columna diciendo que el debate de la llamada memoria histórica parece el debate de nunca acabar. Pues sí: el debate de nunca acabar.
La reacción de la derecha y de gran parte de la izquierda contra el auto con que el juez Garzón pretende abrir una causa por los crímenes del franquismo ha sido durísima. Todos nos alegramos de que metan en la cárcel a los etarras -y algunos nos alegraríamos todavía más si los condenaran a pasar sus años de encierro colgados del coxis y escuchando canciones de Camilo Sesto-, pero al parecer, sólo los rojos rencorosos y los campeones del buenismo se alegran de que el mismo juez que sienta en el banquillo a los etarras proclame que hubiera sentado en el banquillo a Franco; aunque los etarras estén vivos y Franco no, hay quien no entiende esta discrepancia, porque De Juana Chaos es una bestia, pero comparado con Franco es poco menos que un discípulo de san Francisco de Asís: el general no sólo dio un golpe de Estado contra un Gobierno tan democrático como el actual y dirigió una guerra cuyo propósito no era la victoria, sino la eliminación física de la mitad del país; además, una vez acabada la guerra -cuando llegó el momento de la paz, la piedad y el perdón-, concibió y ejecutó durante más de una década un plan sistemático de exterminio que sembró España de cadáveres y de campos de concentración y le permitió gobernar durante otras tres en la paz del terror. Esto es lo que afirma Garzón en su auto. Dirán ustedes que eso ya lo sabíamos; no estoy seguro: lo sabían los historiadores, lo sabía todo el que quería saberlo, pero al menos la mitad del país aún no se había enterado, o fingía que no se enteraba. Ahora, gracias a Garzón, va a ser más difícil que siga fingiéndolo: esa verdad salvaje está en las primeras páginas de los periódicos, en las radios, en la televisión; de esa verdad salvaje venimos, de ella estamos hechos, y más nos vale saberlo: para que nunca se repita nada semejante.
bi>Quienes pretenden linchar a Garzón dicen que el juez hace todo esto por salir en la tele. Grave imputación: es como si acusaran a Shakespeare de haber escrito sus obras por la pasta; quizá lo hizo, pero eso sólo demuestra que las ganas de hacer pasta no siempre producen el hundimiento del sistema financiero; por lo mismo, si Garzón hace todo esto por salir en la tele, eso sólo demuestra que las ganas de salir en la tele no siempre producen >Aquí hay tomate. Muchos dicen que el auto de Garzón significa arrasar el pacto de la transición, porque pretende saltarse la ley de amnistía del 77, que fue parte de ese pacto. Esto no lo entiendo: si el juez lleva razón y los crímenes de Franco no son delitos políticos, sino delitos de lesa humanidad, su auto no se estaría saltando nada; además, y sobre todo, el pacto de la transición produjo esta democracia, y nadie quiere arrasar esta democracia, pero sacralizar la transición es lo peor que se puede hacer con la transición; entonces se hizo lo que se pudo, y mucho de lo que se hizo estuvo bien: las iniciativas judiciales de Garzón pretenden contribuir a arreglar parte de lo que no se hizo o se hizo mal, seguramente porque no se pudo hacer de otro modo, o más bien pretenden que el Estado se decida a arreglarlo, empezando por resarcir del todo a las víctimas del franquismo; también dice el auto de Garzón lo que la transición no dijo, seguramente porque había cosas más importantes que decir: dice que este país estuvo gobernado durante casi medio siglo por un sujeto que, aunque ya no se le pueda procesar por ello, cometió crímenes contra la humanidad. De acuerdo: quizá el auto de Garzón sea un disparate jurídico
-veremos lo que resuelve la Sala de lo Penal de la Audiencia Nacional-, y la verdad es que no sabemos a quién puede exigirle responsabilidades penales; de acuerdo: parece materialmente imposible juzgar hechos ocurridos hace setenta años; de acuerdo: lo que por motivos comprensibles no se hizo en su momento es difícil hacerlo ahora, aunque treinta años después de la muerte de Franco se pueden hacer algunas cosas que entonces no se pudieron hacer. De acuerdo, pero no veo por qué eso tendría que quitarle a nadie la íntima satisfacción de saber que el mismo juez que persiguió en vida a un sujeto como Pinochet persiga a un sujeto como Franco en su tumba, ni la de saber que le hubiera imputado los mismos crímenes que a un sujeto como Karadzic, sobre todo cuando es un hecho que, en el oficio de criminal, Karadzic y Pinochet no le llegan a Franco a la cintura. Sea como sea, aquí no hay afán de venganza, porque todos los culpables están muertos y porque, que se sepa, nadie quiere vengarse; aquí no hay ganas de desenterrar la Guerra Civil, sino de enterrarla definitivamente y acabar de esa forma con el debate de la llamada memoria histórica; aquí no hay ganas de sacar réditos tramposos de la condición de víctimas, porque quienes no fuimos víctimas de la dictadura sólo somos beneficiarios de la libertad; aquí no hay rencor ni buenismo ni casi rojos, porque todos están viejos y hace mucho que lo perdonaron todo, incluidos sus propios errores. Aquí sólo puede haber la alegría de comprobar que, gracias a un juez, todos llamamos a las cosas por su nombre: crímenes contra la humanidad. A mí me parece que, aunque sólo fuera por eso, el auto de Garzón merecería respeto.

lunes, 20 de octubre de 2008

El honor.

Miguel Ranchal Sánchez - 20/oct/08 - Diario Córdoba
Quizá sea pedagógico explicar la capacidad de atracción de energía que posee un agujero negro acudiendo a la insaciable egolatría de Garzón , lo cual acentuará las voces críticas contra este remeneo del pasado. Pero ello no ha de llevarnos a conjuntar reconciliación y olvido, sino a ponerles nombres y apellidos a las víctimas de nuestra contienda.
Mi abuelo está en esa encrucijada. Miguel Ranchal Plazuelo combatió en la guerra de Marruecos, en esos blocaos de Xauen donde se abrazó al pacifismo tras ver morir a tantos compañeros. Secretario de las Minas de El Soldado y luego alcalde de Villanueva del Duque por el PSOE, cargo en los que continuaron los viajes a Madrid y París en esa lucha imposible por mantener en Los Pedroches la continuidad de tantos puestos de trabajo.
Renunció a ser diputado en las Cortes a favor del padre de Santiago Carrillo . Durante la guerra fue un anónimo protagonista de una pequeña lista de Schindler, abriéndole las puertas del cuartelillo a algunos potentados, para que no entrara a degüello el temible batallón de Jaén. La ingratitud fue el pago de los vencedores: la clemencia no le llegó al campo de concentración de Albatera ni a la cárcel de Barcelona.
Mi abuela conoció su muerte en una carta en la que se despedía de su familia hasta la Eternidad. Sin el permiso de Garzón y con la desidia del PSOE cordobés, mi padre se ha pateado los archivos nacionales intentando localizar sus restos.
Los ha encontrado, tras tener acceso a un sumario que rebosa cinismo. Mi padre se aferra a otra tradición, más calderoniana: no quiere tanto venerar los huesos de su progenitor, sino que le devuelvan el honor, que es patrimonio del alma
Quizá sea pedagógico explicar la capacidad de atracción de energía que posee un agujero negro acudiendo a la insaciable egolatría de Garzón , lo cual acentuará las voces críticas contra este remeneo del pasado. Pero ello no ha de llevarnos a conjuntar reconciliación y olvido, sino a ponerles nombres y apellidos a las víctimas de nuestra contienda.
Mi abuelo está en esa encrucijada. Miguel Ranchal Plazuelo combatió en la guerra de Marruecos, en esos blocaos de Xauen donde se abrazó al pacifismo tras ver morir a tantos compañeros. Secretario de las Minas de El Soldado y luego alcalde de Villanueva del Duque por el PSOE, cargo en los que continuaron los viajes a Madrid y París en esa lucha imposible por mantener en Los Pedroches la continuidad de tantos puestos de trabajo.
Renunció a ser diputado en las Cortes a favor del padre de Santiago Carrillo . Durante la guerra fue un anónimo protagonista de una pequeña lista de Schindler, abriéndole las puertas del cuartelillo a algunos potentados, para que no entrara a degüello el temible batallón de Jaén. La ingratitud fue el pago de los vencedores: la clemencia no le llegó al campo de concentración de Albatera ni a la cárcel de Barcelona.
Mi abuela conoció su muerte en una carta en la que se despedía de su familia hasta la Eternidad. Sin el permiso de Garzón y con la desidia del PSOE cordobés, mi padre se ha pateado los archivos nacionales intentando localizar sus restos.
Los ha encontrado, tras tener acceso a un sumario que rebosa cinismo. Mi padre se aferra a otra tradición, más calderoniana: no quiere tanto venerar los huesos de su progenitor, sino que le devuelvan el honor, que es patrimonio del alma.
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Y por relación con el tema dejo también este artículo que escribí hace un tiempo y que ya estaba en LA PIZARRA.
LA MEMORIA y LA FAMILIA
Hace algún tiempo que me he propuesto recuperar esas historias de los abuelos que cuando somos pequeños nos suenan a cuento en blanco y negro, y a las que en los años de infancia nos resultaban algo pesadas y a las que nunca les presté mucha atención. He tenido la suerte de conocer a tres de mis abuelos; Emilio y Ana, los paternos, y Agustina, la materna. Mi abuelo Antonio murió dos años antes de que yo naciera. Recuerdo que la noche de los sábados mi abuelo Emilio ante nuestra insistencia nos enseñaba algunos restos de munición que seguía teniendo embutido en su piel; “trocitos de metralla decíamos”. Cuando nos hacíamos alguna herida jugando nos curaba y nos decía que el pudo ser “practicante y enfermero” porque en la guerra tuvo que “coserle tripas a más de un compañero”. Mi abuela nos contaba que ella había viajado mucho por toda la costa del levante, que tuvo que dejar su casa y su marido y que recorrió media España con sus hermanos. Mi abuela materna me decía que su marido estuvo en la estación de Puertollano trabajando durante la guerra en el servicio de intendencia, que repartía comida y enseres para toda la población, y que mandaba trenes desde allí a Madrid. Durante muchos años eson fueron los conocimientos que tuve de la guerra civil española. No supe quienes eran los rojos o los azules porque en mi casa y en la de mis abuelos no me lo dijeron. Tampoco lo aprendí en el colegio porque la asignatura de historia que se impartía en la E.G.B. jamás se llegaba al siglo XX. Podía discutir con cualquiera de los Reyes Católicos, de Felipe II o de la revolución francesa pero no sabía quien era Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas o Federico García Lorca. Pero uno crece y la curiosidad por aprender es fuerte. Comenzé a darme cuenta que la guerra y los 40 años posteriores han sido dos etapas fundamentales para saber dónde estamos y hacia dónde queremos ir. Los años en los que se criaron nuestros padres y abuelos, años con sus desgracias y bonanzas, de terror los primeros y de represión los 40 siguientes, años en los que la vida en los pueblos fue especialmente dura, más para unos que para otros. Yo quiero saber más, sin engaños ni sectarismos y quiero que todos podamos tener la oportunidad de saber y conocer qué pasó, que los muertos tengan también la oportunidad de ser enterrados como se merecen y dónde se merecen que es ni más ni menos donde están todos los demás, donde los familiares puedan visitarlo si lo desean. Quiero saber quién mató, dónde y el porqué . Atrocidades todas que no podemos repetir y por eso tenemos que conocerlas. No creo que eso sea abrir heridas, no se me ocurre otra manera mejor de cicatricar las que aún siguen abiertas. Mis dos abuelos lucharon en el bando republicano. Al terminar la guerra uno pasó tres años en un campo de concentración y al otro lo quisieron fusilar por repartir alimentos, lo salvó la unánime protesta del pueblo al que estuvo alimentando. Mis abuelas jamás me hablaron de odio hacia uno u otro “bando”, pero yo quiero saber más; y no quiero que la única que me queda se vaya sin enseñarme cómo es posible tener ese corazón que tiene habiendo sufrido tanto. Así que ya sabes ANITA.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La MEMORIA y la FAMILIA

Hace algún tiempo que me he propuesto recuperar esas historias de los abuelos que cuando somos pequeños nos suenan a cuento en blanco y negro y a las que en los años de infancia nos resultaban algo pesadas y a las que nunca les presté mucha atención. He tenido la suerte de conocer a tres de mis abuelos; Emilio y Ana, los paternos, y Agustina, la materna. Mi abuelo Antonio murió dos años antes de que yo naciera. Recuerdo que la noche de los sábados mi abuelo Emilio ante nuestra insistencia nos enseñaba algunos restos de munición que seguía teniendo embutido en su piel; “trocitos de metralla decíamos”. Cuando nos hacíamos alguna herida jugando nos curaba y nos decía que el pudo ser “practicante y enfermero” porque en la guerra tuvo que “coserle tripas a más de un compañero”. Mi abuela nos contaba que ella había viajado mucho por toda la costa del levante, que tuvo que dejar su casa y su marido y que recorrió media España con sus hermanos. Mi abuela materna me decía que su marido estuvo en la estación de Puertollano trabajando durante la guerra en el servicio de intendencia que repartía comida y enseres para toda la población, y que mandaba trenes desde allí a Madrid. Durante muchos años eson fueron los conocimientos que tuve de la guerra civil española. No supe quienes eran los rojos o los azules porque en mi casa y en la de mis abuelos no me lo dijeron. Tampoco lo aprendí en el colegio porque la asignatra de historia que se impartía en la E.G.B. jamás se llegaba al siglo XX. Podía discutir con cualquiera de los Reyes Católicos, de Felipe II o de la revolución francesa pero no sabía quien era Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas o Federico García Lorca. Pero uno crece y la curiosdad por aprender es fuerte. Comené a darme cuenta que la guerra y los 40 años posteriores han sido dos etapas fundamentales para saber dónde estamos y hacia dónde queremos ir. Los años en los que se criaron nuestros padres y abuelos, años con sus desgracias y bonanzas, de terror los primeros y de represión los 40 siguientes, años en los que la vida en los pueblos fue especialmente dura, más para unos que para otros. Yo quiero saber más, sin engaños ni sectarismos y quiero que todos podamos tener la oportunidad de saber y conocer qué pasó, que los muertos tengan también la oportunidad de ser enterrados como se merecen y dónde se merecen que es ni más ni menos donde están todos los demás, donde los familiares puedan visitarlo si lo desean. Quiero saber quién mató, dónde y el porqué . Atrocidades todas que no podemos repetir y por eso tenemos que conocerlas. No creo que eso sea abrir heridas, no se me ocurre otra manera mejor de ciccatricar las que aún siguen abiertas. Mis dos abuelos lucharon en el bando republicano. Al terminar la guerra uno pasó tres años en un campo de concentración y al otro lo quisieron fusilar por repartir alimentos, lo salvó la unánime protesta del pueblo al que estuvo alimentando. Mis abuelas jamás me hablaron de odio hacia uno u otro “bando”, pero yo quiero saber más; y no quiero que la única que me queda se vaya sin enseñarme cómo es posible tener ese corazón que tiene habiendo sufrido tanto. Así que ya sabes ANITA.
Publicado en el Semanario Guadiato Información el día 24 de noviembre de 2007